Entre la piedra aparecieron tus palabras, cerca del mistol,
en un remolino de apuntes
sacudidos por la memoria,
cuando te alejabas paseando por
pasillos de mitos y leyendas,
hacia un viaje de melodía de fuego
silencioso, escrita en Do menor.
Ahí estaban tus palabras encendidas en otra parte de mí,
al terminar el verano inquieto,
repitiendo un eco que se pierde a
la distancia,
hasta que un día vuelvan para
despertar la llama de lo que pasó.
Walter de Roberts
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Emigrar. Estar y no estar. Pertenecer y no pertenecer.
¿Pertenecer? ¿Cómo? No somos objetos con etiqueta de origen. No soy “de” Argentina, ni “de” ningún lado. Soy del mundo —o mejor dicho, de la vida—. Estoy en todas partes y en ninguna al mismo tiempo.
Después de vivir más de dos años en un país distinto al que me vio nacer, me encontré con preguntas enormes y con cero respuestas claras. Cambié, pero sigo siendo yo. Soy la misma, pero distinta. Una versión que se mueve, que se adapta, que se incomoda y aprende a acomodarse dentro de la incomodidad.
Acá todo es otro mundo: la gente, la comida, hasta la papa tiene un gusto diferente. La cerveza es mejor, la carne no. La gente no te entiende. Sos la infiltrada. Y de a poco ese papel te acomoda tanto que casi lo buscás. Te descubrís en ese borde.
Hay días en los que no extrañás nada; al día siguiente estás buscando pasajes.
Los “amigos” que no eran tan amigos quedan expuestos. Y aparecen otros que se vuelven tu Familia —sí, con mayúscula—, porque están viviendo exactamente lo mismo que vos. Están solos, pero juntos.
Tu grupo cambia, tus rutinas también. De repente vivís con siete personas en un departamento de 40 metros cuadrados y los fines de semana terminás en la playa más cercana como si fuera lo más natural del mundo.
Y aparece Ella: la Soledad.
La Soledad que te despierta, que no te deja dormir, con sus ojos oscuros, cara pálida y uñas largas, que te mantiene alerta en una ciudad enorme con más de 300 aviones diarios. Te pisa los talones, pero rara vez te hace tropezar. No deja que la ciudad te devore; en cierto modo juega de tu lado.
¿Hacia dónde voy?
¿Con quién?
¿Estoy repitiendo mi vida anterior en otro escenario?
¿Para qué?
Dos años después, dejás de reír si no te da risa. Pensás antes de decir “te extraño”. Lo que te ardía ya no te quema. Hablás con tu mamá, con tu abuela, y ves a la persona que solía representarte. Te sentís chica y grande al mismo tiempo. Todo se vuelve real. Ellxs están allá, y vos seguís acá: igual, pero distinta.
Buscando un lugar que se sienta tuyo, aunque todavía no tenga nombre.
Y mientras tanto, boxeás con tu sombra. Esa sombra con máscara sonriente, mirada peligrosa y presencia dulce. Si la dejás acercarse demasiado, te hechiza. Si sabés mantenerla a raya, te impulsa.
Emigrar no es irse.
Es aprender a sostener todo lo que cambia adentro mientras afuera nada se detiene.
Lu
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LA SOLARIEGA
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Beatriz Misenta
MF

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