RECORTES DE LA VIDA



LA LECTURA

 Entre la piedra aparecieron tus palabras, cerca del mistol,

en un remolino de apuntes sacudidos por la memoria,

cuando te alejabas paseando por pasillos de mitos y leyendas,

hacia un viaje de melodía de fuego silencioso, escrita en Do menor.

Ahí estaban tus palabras encendidas en otra parte de mí,

al terminar el verano inquieto,

repitiendo un eco que se pierde a la distancia,

hasta que un día vuelvan para despertar la llama de lo que pasó.

Walter de Roberts


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AMOR

Crucé el fango de enredaderas
Traspuse mi todo de indiferencia
Salté barreras de odio atascado
Los vinagres fueron disolviéndose
Me aletargué como una nube suspendida

Y comencé a ver los celestes puros
Las brisas suaves
Los soles tibios

Y supe en un sentimiento claro
-como el éter disperso-
Que ya no podía vivir sin amor

Hugo Destéfano
1952 - 1982


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Detrás del misterioso momento del toque
Existe el torturante momento
De los efectos del blanco destino del agua
Que persigue el hombre triste,
Manoseador indomable de sí mismo.
 Y cuando su lava se ha enfermado
Como un sucio amor doble que hiere como hielo,
Hay un mutilante y sangriento movimiento interno
Que desequilibra su mueca de hombre,
Volviendo uña negra de un destino más oscuro.
En este momento
Aparece un pañal de carne color lejos
Que envuelve su débil cuerpo
Como leche abortiva pero original y antigua

      Luis Enrique Misenta
(del libro de poemas "Babilonia no funciona")

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 ¿Cómo que volví si nunca me fui? 

Una búsqueda sin mapa en un lugar que aún no existe. 
Emigrar. Estar y no estar. Pertenecer y no pertenecer. 
¿Pertenecer? ¿Cómo? No somos objetos con etiqueta de origen. No soy “de” Argentina, ni “de” ningún lado. Soy del mundo —o mejor dicho, de la vida—. Estoy en todas partes y en ninguna al mismo tiempo. 

Después de vivir más de dos años en un país distinto al que me vio nacer, me encontré con preguntas enormes y con cero respuestas claras. Cambié, pero sigo siendo yo. Soy la misma, pero distinta. Una versión que se mueve, que se adapta, que se incomoda y aprende a acomodarse dentro de la incomodidad. 

Acá todo es otro mundo: la gente, la comida, hasta la papa tiene un gusto diferente. La cerveza es mejor, la carne no. La gente no te entiende. Sos la infiltrada. Y de a poco ese papel te acomoda tanto que casi lo buscás. Te descubrís en ese borde. 

Hay días en los que no extrañás nada; al día siguiente estás buscando pasajes. 
 Los “amigos” que no eran tan amigos quedan expuestos. Y aparecen otros que se vuelven tu Familia —sí, con mayúscula—, porque están viviendo exactamente lo mismo que vos. Están solos, pero juntos. 

Tu grupo cambia, tus rutinas también. De repente vivís con siete personas en un departamento de 40 metros cuadrados y los fines de semana terminás en la playa más cercana como si fuera lo más natural del mundo. 

Y aparece Ella: la Soledad. 
 La Soledad que te despierta, que no te deja dormir, con sus ojos oscuros, cara pálida y uñas largas, que te mantiene alerta en una ciudad enorme con más de 300 aviones diarios. Te pisa los talones, pero rara vez te hace tropezar. No deja que la ciudad te devore; en cierto modo juega de tu lado. 

Ahí es cuando te ves realmente: 
 
¿Qué hago acá? 
 ¿Hacia dónde voy? 
 ¿Con quién? 
 ¿Estoy repitiendo mi vida anterior en otro escenario? 
 ¿Para qué? 

La verdad es que no hay propósito fijo. Cambiás porque lo necesitás. Porque eso sos: un ser metamórfico. 
Dos años después, dejás de reír si no te da risa. Pensás antes de decir “te extraño”. Lo que te ardía ya no te quema. Hablás con tu mamá, con tu abuela, y ves a la persona que solía representarte. Te sentís chica y grande al mismo tiempo. Todo se vuelve real. Ellxs están allá, y vos seguís acá: igual, pero distinta.   
 Buscando un lugar que se sienta tuyo, aunque todavía no tenga nombre. 


Y mientras tanto, boxeás con tu sombra. Esa sombra con máscara sonriente, mirada peligrosa y presencia dulce. Si la dejás acercarse demasiado, te hechiza. Si sabés mantenerla a raya, te impulsa. 


Emigrar no es irse.
 Es aprender a sostener todo lo que cambia adentro mientras afuera nada se detiene. 


Lu


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LA SOLARIEGA

Galería de Arte en Tafí del Valle




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MUJER VIAJANDO HACIA EL OESTE


siguiendo una estrella
se convence de que la tierra es redonda
pero para la jornada
elige zapatos puntiagudos

carga curare
lapsang souchong
huevos de avestruz que portan agua
siete libros sin tapa
un par de escarpines que su abuela le tejió
con nueve agujas

oro  incienso  mirra

Beatriz Misenta
(Del libro inédito "Woman Holding Up the Sun/Mujer Sosteniendo el Sol", traducción de los poemas originales escritos en inglés)


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Shiny Eyes

Esa noche, Ella salió teniendo la certeza de que conocería a alguien especial. Sentía cómo su energía de conquista, se desprendía a través de todos sus sentidos. Tendría puesto su mejor vestido, el cual dejaba ver parte de su escote. Sus labios, muy rojos, y su cabello un tanto revuelto. No era habitual que se vistiera así, pero esa noche, nada común le sucedería.

Entrando al salón, su corazón se mostraba impaciente, prefirió buscar un sitio apartado en el cual aguardaría al hombre que supiera sacarle una sonrisa, mientras bebía de su copa de vino y se movía al compás del blues, que ya sonaba en vivo. Reconoció que sería Él, apenas lo vio entrar, con la trompeta enfundada, tan seguro de sí mismo, y de su poder de seducción, con pasos ligeros, y expresión en su rostro de: ”llegué tarde, lo sé, pero soy el músico invitado“. 

Luego de ejecutar Summertime, mientras cruzaban miradas, Él iría, finalmente, a su encuentro. Bastó con que Él extendiera su mano derecha, se inclinara levemente, y ofreciera una mirada que la invitaba a sus brazos. Ella aceptó el baile de cortejo. 

Las manos de Él, con ternura y presencia, la invitaban aún más cerca suyo. La sonrisa de Ella dio su consentimiento, acompañada por su ojos que brillaron con mayor intensidad. 

Con cada caricia de Ella, en su pecho, a través de la camisa celeste, un tanto desprendida de Él,  con cada shiny eyes susurrado por Él en los oídos de Ella, susurro que dejaba de oírse cuando los labios de ambos se topaban por algún caprichoso y descuidado movimiento, supo, por los latidos de su corazón, que, por esa noche, y a tempo de blues, lo había conquistado.

MF




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